lunes, 8 de junio de 2015

A vueltas con el periodismo gilipollas

Desde hace algún tiempo, en internet se ha tomado conciencia de una cuarta ley de la termodinámica, de un principio científico que había pasado desapercibido hasta ahora. Es un principio muy sencillo, algo de lo que parece fácil darse cuenta. El problema ha residido en que el avance científico en los últimos dos siglos ha sido tan vertiginoso, que hasta que no han pasado un par de generaciones viviendo en la comodidad de su saloncito, con su estómago lleno, su cabeza cubierta y su culo caliente, todo esto no ha eclosionado y no ha salido a la luz. El principio, que se llama principio de Brandolini, lo podéis encontrar junto a estas líneas. Y esta semana hemos vivido un ejemplo muy claro de este principio con el caso del niño con difteria en Olot. Sí, mucho tienen que ver los antivacunas, a los que ya les hemos dado lo suyo. Pero de lo que venimos a hablar aquí no es de ellos, quienes ya están engañados y poco podemos hacer excepto darles en los morros con los datos. Sino de algo que, a nosotros, nos parece mucho más grave.


La noticia en los medios

Al principio, como entendereis, los medios tendieron a informar únicamente, de lo que estaba pasando. Esto es lo lógico. Los periódicos deben dedicarse a dar la información y es normal que saquen la noticia. Hasta aquí, bien.

Pero entonces vino el problema. Un problema muy gordo. Algo que ya hemos comentado aquí, en este blog. Si estáis pensando en la equidistancia mal entendida, exacto, habéis acertado. Y cuando se entiende mal la equidistancia se cae en el periodismo gilipollas. Sí, ese periodismo que, en lugar de informar de las cosas, tal como son, cae en poner a la misma altura dos ideas contrapuestas como si una de ellas tuviera el mismo peso que la otra. Ejemplo: enfrentar a un físico con un negacionista de la gravedad.

Ya os podéis imaginar que, en este caso, el problema es que enfrentaron a gente con una razonada postura frente a las vacunas con los que niegan su eficacia con las más peregrinas ideas. Es más, en algunos medios se ponía el foco sobre ellos o incluso se les daba todo el protagonismo. Especialmente sangrante es el caso de RTVE, que supuestamente es un servicio público. En este caso, flaco favor hizo a dicha vocación de servicio público, planteando un debate que, en realidad, no existe. ¿Que por qué digo que no existe? Pues lo entenderás cuando le eches un buen vistazo a estos gráficos.

La colección podría ser mucho más amplia. Quien más y quien menos utilizó su medio para publicitar las peligrosas mentiras de esta gente. Se puso a la oposición a las vacunas al mismo nivel que a las propias vacunas. De hecho, hasta se dio voz a conocidos antivacunas como Miguel Jara, que, en una entrevista en W radio, se atrevió a decir que vacunamos a personas sanas. Y se quedó tan ancho.

Actitudes peligrosas

Es posible que aún no os hayáis dado cuenta, pero esta actitud de los periodistas con su mal entendida equidistancia es un peligro. Casi mayor que el de los propios antivacunas

El mero hecho de que esta gentuza salga en cualquier medio (sí, soy consciente de que los estoy enlazando) les da una publicidad que no merecen. El único momento en que merecen ser mencionados es para denunciar la falsedad de sus afirmaciones y poner en evidencia lo peligrosos que pueden llegar a ser. Sin embargo, en casi todos los medios se les ha colocado en una posición con el mismo peso que aquellos que defienden la vacunación por la eficacia que ha demostrado a lo largo de la historia. Y esto es realmente periodismo gilipollas. Pero del peor.

Un medio debería contrastar antes la información que debe dar, porque si no, la caga. Y la caga como todos los que os he enlazado anteriormente. El problema es que pueden existir voces totalmente legítimas que critican la necesidad de ciertas vacunas a ciertas edades. Y, confundiendo a estos con los anteriores, entonces somos los demás los que saltamos como hienas. No por nada, sino porque tenemos recuerdos (o conocimientos) de lo que las vacunas han conseguido erradicar y las actitudes de los que reniegan de ellas, y cualquier crítica que oímos nos pone en alerta. Un ejemplo es lo que pasa con la vacuna contra la gripe. Existen voces críticas que nos explican que su eficacia, a pesar de renovarse anualmente, no es tan elevada, excepto en ciertos grupos de riesgo. Pero muchos (y yo me incluyo, que no estoy libre de pecado) nos tiramos a su yugular como lobos.

En ambos casos, estamos cometiendo errores. Y esos errores tienen varias consecuencias.

Escépticos, siempre alerta

Quizá deberíamos relajar un poco la guardia. Y digo un poco, no del todo.

Tras una  conversación muy estimulante el pasado viernes en la red social Twitter, aprendí que saltar ante cualquier afirmación está muy bien cuando la afirmación es sangrantemente falsa (ejemplo: las vacunas son un invento de las farmacéuticas para controlar nuestras mentes). Pero no tanto cuando las afirmaciones pudieran ser perfectamente legítimas (ejemplo: hay vacunas que no son necesarias en ciertos grupos de población). 

A muchos, y sigo incluyéndome dentro de los pecadores, este último ejemplo nos enciende la alarmita de peligro, antivacunas. Y como ya me vais conociendo, ya imagináis como me pongo. 

Con esto no quiero decir que haya que relajar la actitud que tenemos contra los antivacunas, ni mucho menos. Pero tendríamos que instalarnos otra alarmita que debería funcionarnos a la vez que la de alerta por subnormal: una de lee bien, entiende, para... y luego reacciona. Porque si no lo hacemos, corremos el riesgo de quedar como subnormales nosotros mismos, como me ha ocurrido a mí en más de una ocasión.

Estoy seguro de que esta recomendación no caerá en saco roto.

Periódicos sin criterio

Esta recomendación seguro que sí que se pierde en la inmensidad de los bytes.

Buscando el morbo, buscando el sensacionalismo, uno puede perder la perspectiva y comenzar a hablar de cosas que no debería. El caso de difteria que nos ocupa es un ejemplo perfecto de esto que digo.

Cuando hacía casi 30 años que se declaró el último caso de difteria, es lógico que la declaración de uno llegue a las noticias. Mucho más cuando el niño no estaba vacunado. Entonces llegaría el momento de hablar con médicos especialistas en epidemiología, medicina preventiva, microbiólogos... Gente que de verdad nos puede dar la información real sobre las vacunas. Y digo información real: negar que las vacunas tienen efectos secundarios sería mentir.

Así pues, llamar a supuestos expertos que no son tales, como un periodista que trabaja para un bufete de abogados, es un error. ¿Que el bufete para el que trabaja lleva casos de reacciones adversas por vacunas? Bien. ¿Eso significa que las vacunas sean inseguras? No, tampoco. Así que, ¿por qué contar con este tipo de personaje? Y, en este caso, tendría cierto pase, porque el personaje al que me refiero no es de "vacunas no" absoluto. Sino de vacunas, pero. Ya sabéis, ese tipo de pero que actúa como la tecla "Backspace" del teclado y borra todo lo anterior que ha dicho. Igual porque hay que vender libros, no lo sé. Pero, como he mencionado antes, la voz de este individuo puede acallar críticas válidas.

¿Por qué ocurre esto? Pues, en primer lugar, por lo que comentaba en el punto anterior: el estado de alerta de los escépticos. Cuando se llevan escuchando memeces durante tanto tiempo, una afirmación de este tipo te pone enseguida de uñas y te apresuras a enarbolar escudo y espada, que saltan de su sitio en menos que canta un gallo. Y entonces, a quien de verdad viene a contarte cosas con fundamento, se le toma por uno de los irresponsables que se creyeron el artículo falseado de Wakefield. Esto tiene solución cuando el que trae la información crítica tiene la paciencia y el ánimo de seguir debatiendo y demuestra sus afirmaciones con datos.

Así que el problema es cuando se les da autoridad a los que vienen esparciendo mentiras. ¿Por qué? Pues, como vengo repitiendo durante todo el artículo, porque se le da el mismo peso a sus memeces que a la información que pueda dar un verdadero experto. Y muchos de ellos son gente con formación médica pero que son incapaces de entender los datos. Un ejemplo muy claro es su famoso argumento sobre la higiene, las canalizaciones, las mejoras en la calidad de vida. Es innegable que esta mejora de condiciones provocaron un descenso enorme en los casos de algunas enfermedades infecciosas, al eliminarse sus reservorios ambientales de la proximidad y el contacto con los seres humanos. Pero cuando el reservorio es el propio ser humano (y éste es el caso de la difteria), no se puede eliminar dicho reservorio. En estos casos, la reducción en el número de casos de difteria sí hay que achacárselo a las vacunas. Los efectos de la polio, del sarampión, de la viruela... todos han sido reducidos y erradicados por todas partes gracias a las vacunas.

Pero, como he señalado anteriormente, todo esto, cuando se llevan treinta años sin un puñetero caso y uno se ha acostumbrado a tener la cabeza cubierta, el estómago lleno y el culo calentito, se olvida. Se pierde la perspectiva y el por qué surgieron las vacunas. Se olvidan los estragos que producían. Si añadimos a todo esto a un imbécil falseando resultados sobre efectos secundarios de las vacunas, a pesar de que ya se ha demostrado que sus afirmaciones eran basura, se echa más leña al fuego y puede que te dé por pensar que ya no son necesarias. Que no son tan importantes. Porque, ¿qué es el sarampión, si a nadie le da ya? Si con la higiene y los avances que hay hoy, seguro que no me contagio. Si el sarampión es natural, la inmunidad natural me protegerá. Y con todas estas chorradas, pasa lo que pasa. Y esto, señores, no es aceptable.

Responsabilidades

Es hora de que los medios tomen cartas en el asunto y sean responsables con la información que dan. Como ya dije en otra ocasión, cuando uno habla de un partido de fútbol tiene que dejar atrás si es de un equipo u otro y contar el partido tal cual ha ido, no con respecto a la afición que uno tenga por un club u otro. Tenéis que aprender a entender la equidistancia y cuando aplicarla. Y, cuando se refiere a cuestiones como las vacunas, lo siento mucho, pero no hay equidistancia posible: las vacunas son eficaces y previenen el contagio de enfermedades graves. Y lo que digan cuatro tarados no puede, ni debe, tener el mismo peso que cientos, miles, de estudios que demuestran que no tienen razón. Por eso no se les puede dar el mismo peso.

Y no, a ellos no les importan los datos. Se mueven en un sistema de creencias, incapaces de cambiar de opinión. Es más, el intentar darles los datos puede llegar a ser contraproducente. No, con ellos tampoco sirve la información, el razonamiento o la confianza en el médico  Porque, simplemente, no confian. Se han creado una idea errónea de que la industria, los médicos... todos quieren instaurar algún tipo de conspiración mundial. Se les ha hecho creer, con datos manipulados, retorcidos y torturados que las enfermedades no son tan graves. Que son exageraciones con las que los médicos meten miedo para ganar más con las vacunas. Y muchos de ellos, aprovechan este nuevo miedo creado a los médicos y las vacunas para hacer su agosto.

Mucha culpa de esto la tenemos los propios científicos. Quizá no hemos sabido comunicar como es debido. Quizá no hemos sabido llegar a la gente. Pero eso está en vías de solucionarse. Tenemos grandes divulgadores, y no únicamente en este país. Cada vez tenemos mejores comunicadores de ciencia, programas de divulgación que son capaces de acercarse al espectador en lugar de alejarse de él. Sin embargo, todos estos esfuerzos no sirven de nada ni servirá nunca jamás si los grandes medios siguen dando publicidad a estas memeces.

De nada sirve toda esta diatriba ni todo lo que hagamos por explicar los resultados si los grandes medios, como la televisión, se empeñan en dar la misma importancia a los que se oponen a las vacunas que a los que saben cuán importante es que todos los que podamos nos vacunemos. De nada sirve el tener una de las mejores generaciones de divulgadores en nuestro país si luego los canales, emisoras de radio, periódicos y páginas de internet insisten en la falsa equidistancia. Como decíamos en el otro post que dedicamos a este tema, nadie pondría a quien negara la existencia de la gravedad a debatir con un físico que afirma su existencia. Entonces, ¿por qué en este caso se enciende un debate que no es tal, dando pábulo a las pseudoafirmaciones de los conspiranoicos?

Señores de los medios, las audiencias son importantes y lo entiendo perfectamente. Pero más importante aún es ser veraz en las informaciones que se dan. Y la evidencia, la realidad, son realmente tozudas: sólo muestran aquello que se comprueba como cierto. Darle valor a aquello que no lo tiene sólo por las audiencias, minusvalora todo el trabajo que los divulgadores hacen por acercar la ciencia a la gente y sólo esparce las mentiras con las que algunos hacen negocio. Pero a pesar de que esto ya supone, por sí solo, un desprecio enorme por el que ya merecen este rapapolvo, aún falta la parte más importante por mencionar. Que es una irresponsabilidad flagrante.

Si no saben qué es lo responsable, pregunten. Si no saben qué es lo recomendable, pregunten. Pero el llenar su periódico, telediario o magazine de chorradas sobre autismos, daños cerebrales, muertes y demás es absolutamente reprobable. Que sí, que las vacunas, exactamente igual que todos los medicamentos, no son 100% seguras. Negarlo también sería irresponsable. Pero informar sobre los efectos secundarios de las vacunas no es jugar con el miedo de los padres, utilizando a los niños como armas. No es echar mierda sobre las vacunas y contar mentiras sobre su falta de eficacia y su absoluto peligro. Y, por supuesto, no es dar voz a los tarados de la Liga para la Libertad de Vacunación.

¿Libertad de Vacunación? ¿Para qué? ¿Para que mueran los niños que no pueden vacunarse porque de verdad son alérgicos? ¿Para tener que ingresar a las personas que en su momento no pudieron inmunizarse por otros problemas que se lo impidieron? ¡No! ¡Basta de gilipolleces, coño ya! Que he llegado a leer que en  las vacunas hay virus que infectan las neuronas y las destruyen, que contienen cantidades peligrosas de metales pesados. Incluso que producen cáncer y que no necesitan pruebas de lo que dicen... ¡porque están avalados por expertos! ¿Desde cuándo importa quién dice qué y no qué dice quién? ¿Si a ustedes les dijera algún imbécil que durante el embarazo lo mejor es darse con un bate de béisbol en el vientre, ustedes le darían coba? ¡Ya lo creo que se la darían! Porque son tan irresponsables que en lugar de denunciar a semejante gilipollas a la policía, por el peligro que suponen sus afirmaciones, ¡le pondrían en portada! ¡Las audiencias subirían! ¡Las ventas también! Y, después de todo, eso es lo que importa, ¿no? ¿Qué más da que la realidad haya mostrado que ese idiota se equivoca? ¡Imaginen la de ejemplares que venderían sólo por mostrar la historia de este tarado! Todos lo comprarían, todos, crédulos y escépticos. ¿Se dan cuenta lo peligrosa que es la irresponsabilidad que cometen al darles un sitio siquiera en su medio? No, no se dan cuenta porque son ustedes incapaces de sacar la cabeza de sus medidores de audiencia y de sus carteras. Piensan que cualquier historia vale siempre y cuando les reporte beneficios, sin importar cuál sea la historia, cuán absurda sea y lo irreal que puede llegar a ser. No se dan cuenta de que la realidad siempre, inevitablemente, inexorablemente, se acaba por imponer.

Cuando se den cuenta de lo peligroso que es, quizá ya será tarde. En lugar de un caso de difteria, tendremos una epidemia grave y difícil de controlar. Y ustedes, como cómplices necesarios en la diseminación de la mentira, querrán lavarse las manos. Como siempre. Pero la realidad, tozuda como decía, les habrá hecho responsables.

Y los que nos hemos dado cuenta mucho antes de ahora, les exigiremos dicha responsabilidad.

PD: desde aquí, todo mi apoyo y ánimo a los familiares del niño y mis deseos de que se recupere pronto. 

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